Mi padre, de corazón fuerte, me extraña

Mi papá, Manuel, es curioso desde pequeño. En su cuerpo lleva una muestra de su curiosidad. Cuando era chico, talvez estaba por tercer grado de la primaria, se dañó un bus cerca de la casa de sus padres.
Me imagino que en esos años no era muy común ver un autbus y menos sin un neumático, supongo que debió parecer un cuerpo humano al que se le ven los huesos.
Manuel se metió a curiosear. El vehículo estaba ya montado en un gato hidráulico y mi padre puso su mano justo donde recaía el peso del bus. Un ligero movimiento y el carro cortó su dedo anular. Ni siquiera puedo imaginar a mi padre llorando de ese dolor.
El corte se convirtió en parte de su vida. Manuel estudió música y la hizo su oficio y profesión. Toca el piano, la acordeón, la guitarra, la flauta sin siquiera pensar que le falta el dedo anular de su mano derecha.
Yo, yo no aprendí música. Mi padre tenía sospechas que el arte acentuaría mi bohemia y seguro en sus planes había algo distinto para su primer hijo. No lo entendí hasta muchos años después.
Sospecho que la curiosidad está en el ADN de Manuel o en una hormona y que en mi caso no cuajaron con la música. En los años (en los que estuve más alejado de Manuel) opté por una carrera donde la curiosidad sirve para que a uno le paguen su sueldo. Me hice periodista y me ganó la vida preguntando cosas y metiendo los ojos con el riesgo de que algo me caiga encima y me corte la mano entera.
La bohemia llegó camuflada en la curiosidad y Manuel entendió de algún modo que lo curioso me haría caminar más rápido en la vida. El tiempo ayuda a madurar los recuerdos y a entender la razón de lo que somos.
Mi padre camina rápido. De pequeño yo sólo agarraba su mano izquierda y me dedicaba a perseguir su paso. Cada trancada suya equivalía a tres pasitos míos, pero no había cómo protestar, sólo llegar a destino a su lado como que fuera un final de fotografía en una carrera atlética.
Nunca me convertí en corredor, pero camino rápido y supongo que he ido lejos, tan lejos como para que él -en sus largos silencios- me extrañara.
El viernes 6 de junio Manuel tuvo el mal gusto de infartarse en un hospital del Estado. Su mal gusto tuvo el colmo de ser en la tarde-noche, cuando los funcionarios ya deben descansar. Mi herencia de curioso, y sospecho que mis hermanas también recibieron ese estigma, nos obligaba a preguntar qué pasaba con Manuel. Tuvimos que esperar hasta el lunes, pero él fue bien atendido por las personas de guardia de fin de semana.
La llegada del lunes asustó. El corazón de Manuel estaba bien, pero un joven médico, cardiotoráxico, decían sus colegas, nos dijo que mi padre debía operarse en 48 horas; ya no había más tiempo.
La palabra no tiene poder ni la curiosidad vale la pena cuando las personas se convierten en objetos para algunos médicos y funcionarios.
Manuel, con su mal gusto e inocencia de músico, se afilió a un seguro que no tenía los insumos para ser operado. El lunes 9 de junio nos anunciaron que era una cirugía de corazón abierto, complicada; pero eso no era lo más difícil. Los médicos no tenían los recursos -en ese hospital- para hacerlo.
¿Protestar? La palabra de un curioso con sueldo es poco válida en un país de revoluciones.
En la cama del hospital, mientras Manuel nos decía que su corazón es valiente y que resistirá, le vi su mano; sin la mitad de su dedo anular. De niño soportó un corte de bus, de grande soportará mil buses.
Y como buen conocedor de su cuerpo y espíritu me hizo un pedido: “ándate a trabajar en el Mundial, no te quedes”.
Duro, pero él quería saber que estoy lejos para extrañarme. A Manuel no le apasiona el fútbol, eso no lo heredé. Él curiosea los resultados. Antes de viajar al Mundial me sentí como los días en que debía corretear para alcanzar su paso: te recogeré en el aeropuerto cuando vuelvas.
Mi hermanas han sido testigos de sus alegrías en la habitación del hospital. Mi hermana Cristina, impulsada por su carácter fuerte, (herencia de Manuel), usó Twitter para persuadir a los funcionarios y logró que nuestro padre sea trasladado a un hospital con insumos.
Estoy lejos, en el corazón de Brasil. Hoy, lunes 16 de junio, mientras millones de corazones dicen que palpitan por culpa de un balón, el mío late para que el corazón de mi padre siga corriendo.

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El bisabuelo tiene la culpa de mis amoríos

Es Viernes Santo y debo expiar mis culpas. O tal vez no, solo pretendo confesar mis pasiones. Soy hincha del Deportivo Quito que para hacer más gráfico este amorío es como estar enamorado de una bellísima mujer bipolar. Hace dos semanas la Academia perdía en las canchas y pugnaba por descender de categoría y hace pocas horas derrotaba al colero del Campeonato Nacional de fútbol.

Cuando se me clavan los desamores de la pérdida, se debilita mi fe por el fútbol y en silencio cuestiono ese amorío ingrato por el equipo. He tenido que presenciar duros golpes en los graderíos como aquel que recibimos mi primo Ronal y yo cuando queríamos iniciar en esta pasión a su hijo Gabriel. Mi primo, compañero de peregrinajes al estadio y sacrificios de las tristezas de la cancha, invitó a su pequeño (no tenía más de cinco años) al estadio.

El Deportivo Quito jugaba con la Liga de Quito y ese partido es imposible perderlo, entre los hinchas ya hemos fundamentado el cliché de que el Quito puede perder con cualquiera, menos con esa… escuadra blanca. Creemos que los dioses, solo por castigarnos, han hecho de ese un clásico en el cual el triunfo es un paraíso y la pérdida un infierno de los graderíos. Muchos años estuvimos condenados a fuegos más constantes y alegrías esporádicas, solo aptas -al parecer- para almas  blancas.

Gabriel, luego de que el Quito perdiera, preguntó a su padre con la sinceridad de un ángel: ¿Papi por qué tu equipo siempre pierde?. La culta barra dejó de gritar, la barra de las banderas bajó las astas y la señora de las empanadas subió los precios de sus productos por el puro coraje. Ronal y yo perdimos la mirada y nos sostuvimos de pie solo por decencia deportiva. Temimos lo peor, sospechamos que Gabriel se iría a un bando equivocado y que no tendríamos una biblia para convencerlo de que se quedara en el lado bueno. A su edad no podía comprender ese amor bipolar que genera un gol en la portería enemiga o la ausencia de la alegría en los botines de nuestros delanteros.

Ventajosamente encomendarse al dios de los estadios, si existe (lo he puesto en duda muchas veces) produjo el milagro de la resurrección 40 años después y fuimos campeones solo por desafiar a la tragedia. Pocos años después ya no fue un milagro, el pasto verde era ya un olimpo y Gabriel tuvo argumentos para quedarse en el lado azul y rojo de la cancha.

Sin embargo, hoy otra vez hemos sido abandonados y no hay ángeles fanáticos de la alegría. Mis dudas de este amorío buscan raíces más profundas para sostenerse en pie. Yo no fui invitado a comulgar con esta religión, pero fui bautizado por mi bisabuelo, Vicente Izurieta, y me sacó para siempre del oscurantismo.

El bisabuelo vestía un saco café, abierto, de botones desgastados y zapatos del mismo color. En mi mente ronda la imagen de su rostro desgastado por el tiempo y sospecho que por las tristezas del balón. Se dice que nos gusta el fútbol porque refleja la vida misma, la vida de miles de fracasos y pocos espasmos de alegría. Papá Vichito se sentaba en una de las habitaciones de la casa de mi abuela. Ahí sobrevivía la única televisión de la casa. Las imágenes eran en blanco y negro y me enfurecía verlo tan aferrado a la pantalla y yo sin poder ver mis caricaturas, tenía unos 7 años.  Yo sufría por mis programas de TV y él por su Deportivo Quito, pero al final, luego de tantos años, esas penas se han perdido y solo me quedan las alegrías de recordar cómo el bisabuelo golpeaba la mesa cada vez que un atacante ilusionaba al viejo hincha de saco café.

Papá Vichito jamás uso una camiseta azulgrana, al menos en mis registros solo viste su saco café abierto. No lo recuerdo arengando: ¡y dale y dale y dale Quito, dale! Ni sus brazos levantándome al cielo, como si quisiera ofrecerme en sacrificio por la alegría de un gol. No, nada de eso ocurrió, solo lo recuerdo azotando la mesa amarilla con su mano derecha como que esta fuera un tambor en un campo de batalla, como que esos golpes se oyeran en la cancha y los jugadores se sintieran alentados para lograr un imposible triunfo.

Vicente Izurieta, dicen las leyes de los dioses, no era mi bisabuelo biológico, pero como los hombres creamos milagros, él era el hombre que me enseñó a enfrentar las bipolaridades que se fraguan en un estadio. El fútbol me llegó por amor de un padre, que no es padre, de un hincha que no fue al estadio, que no cantó en una barra ni celebró un campeonato. No hay una explicación racional para estos amores, ni con el triunfo ni con la derrota del equipo. Yo suelo cantar en los graderíos, pero mis alaridos se quiebran porque el bisabuelo se apodera de mí, quiere usar mis manos para golpear la mesa y recordarme que solo las alegrías sobreviven.

Estuve frente a un batallón de fusilamiento

Las lecturas suelen ser más sabrosas en la noche, minutos antes de dormir. Hace unos días encontré una pareja de palabras que se enredó en mis ojos y maduró en mi mente durante el sueño. Leía una de las reflexiones sobre fútbol escritas por el mexicano Juan Villoro y saltó la frase “enemigos accidentales”.

En la mañana, mientras desayunaba, el cerebro me hizo la pregunta que maduró durante el silencio de la noche: ¿quiénes han sido tus enemigos accidentales?

Si en la noche la lectura es sabrosa, en el día la reflexión es conflictiva, los pensamientos compiten entre sí. Al final los más irrelevantes vuelven con uno a la cama a divertirse entre las almohadas.

La Torre Eiffel cumplió 125 años y la noticia apareció en la pantalla de mi teléfono justo en el momento que destapaba con la pareja de palabras “enemigos accidentales”. En París descubrí a uno de ellos. En el 2003 decidí tomar un silencio para mi vida. Había soportado las embestidas de los textos durante cuatro años en la universidad y quería recorrer otra parte del mundo. Como la mente sufre de debilidades rogué a mi papá que me prestara sus cámaras Canon para robarme las imágenes de la Europa que iba a conocer.

Mi padre, fotógrafo y músico, encontró la fórmula para que sus artes no se tropiecen y convivan en su vida. Sus cámaras acaparaban su atención tardes y tardes porque requerían de su cariño para no perder la objetividad en las imágenes. Recuerdo, tenía un estuche con decenas de accesorios para pulir las estructuras negras de las cámaras de mayoría metálica.

Supongo que los padres debilitan sus convicciones cuando un hijo se va. Mi papá me prestó dos cámaras grandes y tres lentes para que viajaran en mi mochila azul también llevaba una más pequeña para mis placeres culposos. Manuel sentía que debía preparar un ejército de ojos curiosos para que ayudaran a su hijo de memoria frágil. Solo puso una condición antes de bendecir a las Canon: “Por favor no pierdas las tapas de los lentes, porque ya no las hacen”.

-Amén, creo que dije, antes de acomodarlas para la aventura.

La bendición de mi padre las protegía de la intemperie, solo salían de la mochila cuando era necesario congelar un momento de belleza (que podía ser un edificio, una chica guapa o la combinación de ambas). Mis recorridos eran más bien como de vaquero, es decir caminaba por las calles con las cámaras enfundadas y solo disparaban cuando encontraban una víctima.

París era la penúltima ciudad que visitaba y ya las cámaras se habían salvado incluso de caer en manos equivocadas. En Roma, un grupo de enemigos accidentales intentó llevarse las joyas de la familia. Supongo que a pesar de estar muy cerca del Vaticano no sintieron que las cámaras traían la bendición de los dioses. No lograron el objetivo, pero hicieron que Roma sea olvidable por algunos años.
La aventura ocurrió en pleno verano. Mi atuendo se parecía más al de los extranjeros que arriban a Sudamérica para buscar un safari que no existe, es decir pantalón corto (en tono pastel), camiseta y sombrero; pero evité darme el toque final de colgarme una cámara gigante en el pecho para evitar que algún accesorio fotográfico decidiera migrar a Europa y yo no tuviera palabras para consolar a mi padre.

Pasé casi ocho horas en el museo de Louvre. Disparé a cada posible estatua sospechosa de belleza. Estaba armado con dos cámaras grandes con película más sensible para las mejores postales y una cámara Olympus Pen pequeña para espantar las tristezas de la soledad. Al salir de Louvre, con la memoria exhausta y la mochila llena de rollos fotográficos, descubrí que me faltaba la foto de la pirámide del patio del museo. Es un monstruo gigantesco pero por el juego de la óptica solo se necesita un lente angular para dispararlo. El problema es que en la Canon estaba un objetivo inoportuno para el momento.

Saqué el gran angular y al momento de guardar los accesorios, la tapa sintió que estaba muy acalorada y se botó a la pileta que abraza la pirámide. La vi feliz, sumergiéndose a descansar del calor en el fondo como si no le importara que traía la bendición de mi padre y sus palabras sagradas: “no perderás las tapas”. No fui capaz de causar tristezas al hombre que confió en mí. Tampoco creí que aceptaría la excusa del calor y el deseo de tranquilidad de los accesorios de las cámaras que ya viajaban agotados, entonces tomé una de las decisiones menos pensadas, metí la cabeza y el brazo en la pileta para interrumpir el descanso de la tapa.

París se calló cuando me sumergí y toda su belleza se convirtió en azul. Ya no importaba nada más, solo el deseo de recuperar la joya de papá. El fondo estaba muy lejos y el aire empezó a reducirse en mi cuerpo. Saqué la cabeza y el brazo para tomar oxígeno y recordar que estaba al frente del Louvre.
Me dio vergüenza, pero es de artistas también saber rescatar tesoros del fondo del agua, así que decidí mojarme la camiseta y forzar a mi cuerpo para recuperar el pedazo de plástico refinado de la Canon.  La tapa, más gozosa del agua, jugaba con mis dedos y huía de ellos. El deseo de respirar impedía insultarla e hizo necesario abortar la segunda misión de rescate. Entonces los dioses decidieron que era hora de conocer a uno de esos villanos accidentales que se incrustó en mi recuerdo de París.

El individuo era de origen asiático, sospechosamente de Japón. Estaba armado con una cámara gigante lista para atrapar a sus víctimas. No hablaba español ni tarareaba inglés y ninguno de los dos cantaba francés. Le clavé la mirada para dar el primer golpe, pero yo estaba demasiado mojado para que me tomara en serio. No entendía qué quería y las palabras de mi padre empezaban a desesperarse en mi mente. Volví a sumergirme solo para comprobar que la tapa aún descansaba del sol bajo el agua. Salí y el asiático seguía ahí y me atreví a preguntarle -en mi inglés- si tenía algo para atrapar al ingrato artefacto de la Canon. Presentí que en su mochila había muchas cosas que le impedían determinar si traía, aunque sea, un palo de escoba que hubiese sido suficiente para tener éxito en la misión del Louvre. Y, antes de un nuevo clavado, el asiático se sintió amenazado, los dedos le temblaron como si fuera un sheriff que alista su pistola para tirar del gatillo y disparó lo que para mí no fue una pistola de fotos sino una ametralladora.

Fui la víctima de su cacería de recuerdos. Y como bestia herida intenté insultarle en todos los idiomas recogidos en el viaje. Ninguna palabra tuvo efecto y el cazador llamó refuerzos, armados con cámaras, tantas que la escena en la pileta del Louvre parecía un fusilamiento de un batallón asiático frente a un sentenciado a morir fotografiado. Dada la escena opté por pedir un último deseo antes de los disparos, pedí que me dejaran recuperar la tapa del lente de la cámara del fotógrafo que esperaba mi regreso.

Se me concedió, asumiendo un castigo previo. Tuve que peregrinar por París en busca de una rama y un amigo para terminar con la misión de rescate de la perla que mi padre bendijo para que me cuidara de los enemigos accidentales.

El manual de un calvo

Mi tío Alfredo es tal vez el único recuerdo que me queda de los años setenta. Soy nativo de mediados de esa década, pero mis memorias de esos días se esfumaron por culpa del tiempo. Solo una serie de decenas de fotos intentan despertarme en el pasado y las anécdotas de mi madre. Yo era, según los relatos de mi madre, el juguete de mi tío. Sospecho que se proyectaba en en mi cabello. En una de esas fotos encontré que tenía mi cabeza adornada con un afro, inmenso para mis dos o tres años. Alfredo en esos días caminaba por los linderos finales de la adolescencia y estaba enganchado con la moda. A él, como era costumbre en este país, le tocó hacer una visita rápida de un año al cuartel y en la foto que tengo en mi mente lo veo con su pelo apenas negreando su cabeza.

Yo, en cambio, gracias a su paciencia con el cepillo, logré estar a la moda setentera. Un gran afro y dos dientes menos en mi sonrisa. Debí haber sido alegre porque en esas fotos aparezco contento, a pesar de mi escasez de dentadura. No puedo asegurar si también vestía pantalones de basta ancha y camisas coloridas, solo mi padre es culpable de esos delitos. Mi madre recuerda que mi rizos solo se dejaban amansar con la mano de mi tío y si otras manos se enamoraban en mi afro, caía sobre mi cabeza una rápida maldición antiestética. Entiendo, entonces, que era adorable gracias a mi tío.

Los años pasaron y los cepillos y peines autorizados para dar forma a la cabeza fueron entregados a los peluqueros y peluqueras que gozan de confianza. El afro se aplanó y la sonrisa se completó con los dientes que me faltaban.

Los ochenta y noventa se llenaron de fotos de las decenas de estilos que adopté para mi cabeza. Si se juntan todos los retratos pudiera hacer una revista para un salón de belleza, pero siempre con una constante: cabello más o menos largo y castaño claro tirando a rubio. Más de una vez, estoy seguro, mi padre perdió un cabello por el coraje que le provocaba. Ahora mi papá es tan calvo como yo. En los años que empezó a crecer la frente de mi padre aparecían los chistes sobre la pérdida de cabello: a mi madre le decían que un día despertaría e inmediatamente le diría a mi papá “baja la nalga de la almohada” al confundir su calva con sus sentaderas. Debo sospechar que me reí y por eso vino un castigo de los dioses que siempre toman venganza de las alegrías de los mortales.

Lo que no sabía es que esas bromas se injertan en el orgullo y crecían en la estima. El cabello largo, frente a las chicas de los noventa, era como el pelo de Sansón y ayudaban a romper los duros muros del hielo que impone un par de ojos de una chica, entonces el pelo debía ser cuidado con disciplina quirúrgica y habilidad química para saber qué champús debían estar en el coctel de la ducha. Pero los dioses se confabularon y a los 20 ya azotaron su fuerza en mi corona. A los 21 casi obligué a mi viejo amigo Paúl Barragán cortarse su larga cabellera solo para que yo no me sintiera solo en la pena de quedase sin vestigios de un viejo afro setentero. En mi frente ya tenía entradas y salidas, en la corona al pelo le dio pereza ver la luz. Yo parecía un payaso que se quitó el maquillaje y se quedó con una vieja peluca.

El cerebro reprime los recuerdos para que el alma pueda crecer en paz, el cerebro es egoísta y deja que la estima se fracture o al menos eso es parte de la maldición que llega desde el Olimpo. Un día, cuando mi calvicie maduró, paré un taxi. Aunque no me gusta conversar mucho con los conductores, regularmente me siento en el puesto del copiloto. Los taxistas tienen espíritu libre en la ciudad, debo admitirlo. Se paran sin problema en la mitad de la calle y no les importa la impaciencia del prójimo. Su grado de libertad llega al punto de tener lecturas más profundas de las leyes de tránsito y por eso para ellos las indicaciones son solo una sugerencia. Soy desconsiderado con ellos y no debo generalizarlos.

Aquel día, cuando me subí al taxi, el conductor casi no hablaba y era suficiente para disfrutar del tránsito. El silencio siempre es bueno para escuchar los regaños de mi mente. Sin embargo, el viaje desde el sur de la ciudad hasta el norte tenía síntomas de incómodo. El taxista me salpicaba su mirada cuando yo me concentraba en el horizonte. Había dos posibilidades: el taxista encontró el amor o estaba más lleno de prejuicios y quería jugarme las bromas que se inventaron los dioses de cabellera larga. Los regaños de mi mente terminaron para concentrarme en cazar los ojos de un taxista que querían pasar desapercibido. Había que pensar en una estrategia de defensa cuando empiecen los ataques y no mostrar las debilidades que crecieron en mi espíritu setentero o había que ser lo más respetuoso posible como para no romper el corazón del taxista.

El viaje se alargó por los silencios extendidos y el calor que entraba sin permiso por la ventana. Mis ojos vigilaban los límites del asiento del copiloto y mis manos, aunque sudaban, estaban listas para reaccionar ante un beso desprevenido. Todo podía pasar. Faltaban ya unos pocos kilómetros para llegar al desino y el taxista decidió salir de su encierro y ya no disimular.

–       Perdone, dijo titubeante, aunque muy educado.

–       – ¿Le puedo hacer una pregunta?, fue el segundo golpe que cayó en mi mente.

La situación se ponía más difícil dentro de mi cerebro. Los ojos del señor del volante ya no pedían permiso para navegar por mi cuero cabelludo desnudo. El consuelo era que no bajaban más allá del cuello.

-Sí, claro, fue lo más amable que salió de mi boca. Las palabras salieron seguras, varoniles y amables como era mi estrategia de paz. Entonces el señor desahogó sus deseos.

–       ¿Qué se siente ser así?

–       ¿Cómo?, respondí con dureza, pensando en que venía una letanía de prejuicios y acusaciones de anticristo por mostrar la piel desnuda de la cabeza.

El señor del carro amarillo aseguró su voz  y la moduló en la rayita que está entre la vergüenza y la curiosidad. “Se me está yendo la gente del estadio”, me dijo al tiempo que agachaba su cabeza para mostrarme que pronto iba a desnudar su cabeza. “Me estoy quedando calvo y mi esposa se burla de mí y no sé cómo quedaré si me corto a mate”.

Las palabras me cayeron como oraciones que limpiaban mis pecados. Mi estrategia de seguridad, amabilidad y hombría se resumió en ternura. “Le venía viendo todo el camino y me daba vergüenza preguntarle si sus amigos le molestan por no tener pelo”. Al taxista le daba miedo porque temía que era culpable de poseer cabeza de huevo. Se había animado a preguntarme si hay algún manual para ser buen calvo a pocos minutos antes de que yo llegara a mi destino.

Volvieron los regaños a mi mente y tuve que escucharla y reconfortar al amigo de penas con pócimas básicas para evitar que el sol queme la corona y palabras que le ayudarían a menguar la avalancha de creatividad que aflora entre los amigos que gozan aún de cabello, aunque no saben que un día tuve un afro que orbitaba alrededor de mi cabeza y encubría mi falta de dientes.

Cara de criminal

Hace unos días estuve contento por una revelación que llegó a mí en un aeropuerto. Pasé todos los filtros de seguridad sin ser detenido. Cuando llegué a la sala de espera y tuve tiempo para reflexionar sobre la hazaña pensé, muy equivocadamente, que sí, que era -por ese día- guapo y no tenía cara de criminal. La sonrisa se me alargó como las de las azafatas cuando preguntan qué voy a comer.

La revelación fue un jarabe de valor, me subí al avión y desfilé por el pasillo de los asientos como si estuviera en una pasarela. Nadie me había dicho que soy un primor, pero con la buena noticia de que no iba a ser inspeccionado ya fue suficiente para abonar mi estima. Exploro el mundo desde que cumplí 17 años y por eso encuentro muy satisfactorio volar a pesar de mi miedo a las alturas. Los aeropuertos son un cuartel de almas que de una u otra manera cumplen mi mismo ritual. Me gusta ver a las personas en las salas de espera y diagnosticar cuál es su impulso para viajar. Nadie se fija en mí porque desde hace unos años creo que tengo cara de criminal.

En la ida a mi destino debía parar en Ciudad de Panamá. Opté por esta ruta ya que no había tenido inconvenientes en salir de las mangas y dirigirme a mi siguiente conexión. A finales del año pasado, en El Salvador, tenía menos de 40 minutos para tomar mi próximo vuelo pero fui detenido para una inspección. El oficial salvadoreño no se veía muy amigable y llevaba una placa plateada colgada de una cadena en medio de su pecho descubierto. Su pinta de guardaespaldas costeño me intimidó, aunque ese día le eché la culpa al poco tiempo que tenía para defender mi apariencia. Entonces, entendí que en la parte más norteña de Centro América debían haber hecho un identikit de un calvo, ojeroso, gordito de unos 37 años y le agregaron una descripción de una mochila azul y entonces decidí por viajar por un país donde su aeropuerto se parece más a un centro comercial que a una estación de policía. Me equivoqué.

El identikit también debe estar colgado en las oficinas de los oficiales panameños. Ni bien salí de la manga de mi vuelo desde Quito fui interceptado por un oficial joven. Este cargaba su placa en la cintura (era plateada) y un corte de cabello de reggaetonero. Agarró mi pasaporte, vio mi nombre y me dijo: espere aquí. Yo tengo un problema con los horarios biológicos cuando vuelo a la madrugada, a eso de las 08:00 debo usar el baño y eso me ha obligado a maquillar mi rostro criminal con gestos más amables y sonrisas más sinceras. Esta, como otras veces, no dio resultado.

El oficial reggaetonero me llevó a una oficina en el aeropuerto. Lo bueno es que no era el único culpable de fealdad, íbamos como unas diez personas poco bendecidas de belleza. Supongo que los estándares de su simpatía son otros porque en este grupo de “criminales” iba una chica bastante agraciada con su novio, quienes confesaron que viajaban a Cancún, México. Ya en la habitación del aeropuerto otro oficial con los ojos más acusadores me abrió la mochila. Encontró mis vitaminas para el dolor de espalda y le parecieron sospechosas, las metió en una bolsa con químicos para que confesaran su crimen. La tortura a las cápsulas no dio resultado, ellas eran tan inocentes, su única culpa fue viajar en la espalda de un feo. Revisó cada rincón de mi mochila azul, abrió los dos libros que cargaba y solo el Ipad le intimidó (sospeché que tenía miedo a la tecnología) y eso fue un hilo de alegría, pero la oculté en mis labios porque yo ya quería salir de ahí para acudir a mi cita con el baño.

La espera se alargó, los planes de los oficiales eran aún más macabros. En la oficina había una segunda habitación a la que fui invitado a pasar. No me imaginaba qué más podían buscar, se me cruzó por la cabeza que me iban a torturar como a mis vitaminas. En el cuarto, que era más oscuro, menos parecido a una oficina y más a un consultorio de hospital, me recibió otro oficial con corte de cabello reggaetonero. “Sáquese todo lo de metal y párese con el pecho descubierto frente a esa placa”, me ordenó. Confieso que más que miedo me dio vergüenza porque yo, mejor que nadie, sabía qué traía en mi panza. Yo sabía que si empezaba a sudar no era por el miedo a los oficiales sino porque debía ir al baño y el oficial se iba a enterar de eso con sus rayos X.

Mientras me colocaba mis objetos de metal (mi cinturón y mi celular) obligué al oficial a que me confesara una duda que trato de hacerles cada vez que me detienen: ¿Tengo cara de maleante?

-No, respondió.

Y yo, silenciosamente, grité ¿entonces por qué carajos me detienen?

Y el oficial de cabello de Don Omar me dio una respuesta que confirmó mi fealdad: “Más bien los que tienen cara de angelitos son los mafiosos”. Lo dijo con acento panameño que hasta ahora no lo puedo copiar.

Pasé esta prueba. La oficial que tenía mi pasaporte le preguntó al de los rayos X si yo estaba limpio, supongo que dijo que sí y me dejaron salir. El oficial de los rayos X fue mi cómplice porque no me hizo pasar vergüenzas diciendo qué llevaba en mi estómago y solo confirmó que estaba limpio.

El problema de los horarios biológicos también jugó en mi contra en un largo viaje desde Taiwán hasta Atlanta. Aunque en Estados Unidos dicen tener más razones para vernos a todos sospechosos, es el lugar donde menos me han parado, pero sus filtros de seguridad son más largos y en Atlanta casi me detienen porque sudaba porque los constructores del aeropuerto se confabularon para ubicar los baños lejos, tan lejos como que hay que tomar un tren para llegar a las salas de espera. Pero el sudor, creo, no es señal de sospecha; es la fealdad pura.

Me han diseccionado las maletas aquí en Quito y en casi todos los aeropuertos como para contar un relato previo a la descripción de los sitios turísticos que visito. En una de esas cenas adorables con mi amiga Katerinne Orquera tuve un comentario para evitar que cayera en un colapso nervioso de viajante. Katty, tan inteligente ella, gran conocedora de la historia y de las mañas de los dioses, me dio una explicación: “Lo que pasa, Marqueins, es que tú eres el prototipo de hombres que causan sospecha”. No abonó en en las acusaciones de los oficiales, mas bien elevó mi autoestima. Para ella, soy una persona que se ve seguro, bien vestido, de edad media y eso llama la atención de los pesca criminales de los aeropuertos. Opté por creerme y sus palabras siempre las guardo en mi mochila para que sean lo primero que recuerdo cada vez que me abren una maleta.

Cuando volvía, esta vez, probé mi cara con las azafatas y los compañeros de la aeronave. No causé ninguna gracia y eso era suficiente, hasta que aterricé en Quito. La luz verde de la Aduana dijo que era inocente, pero a otro oficial mi cara se le hizo conocida. El identikit, dije yo, ya llegó a mi propio país y ahora cada vez que vuelva me registrarán. Le di la razón a Katerinne, me preguntó cuánto dinero traigo (no eran más de cinco dólares) y mi boca le pareció mentirosa y mi billetera pagó las consecuencias; fue revisada en sus recovecos para encontrar los 10 000 dólares que sospechaba que traía. Sí, mentí, traía seis dólares, estaba encubriendo a un billete viejo de un dólar que guardo en la cartera como amuleto de la suerte e imán de más dinero. El oficial salió perdiendo, tuvo que abrir mi maleta grande, con su cara de poquísimos amigos y de palabras groseras, tuvo que sumergir sus manos entre mis calzones sucios. Era obvio, en la maleta de regreso uno solo trae ropa sucia, recuerdos, lecciones, alegrías, tristezas y anécdotas.

Somos dioses esperando la voluntad de los hombres